Ahimsa en el espejo: cuando tu propio diálogo interno es la postura más difícil
Es muy común hablar de la luz, de la empatía y del poder sanador del amor hacia los demás, pero a menudo olvidamos aplicar esa misma medicina donde más se necesita: dentro de nosotros. Hay días en los que, al pararnos frente al espejo, la voz interna está muy lejos de ser amable o comprensiva. Aparece la autoexigencia, la comparación constante, la frustración por no avanzar a la velocidad que una mente ansiosa pretende, o el castigo silencioso por no rendir siempre al cien por ciento.
En esos momentos, queda claro que la postura más difícil de sostener no es un equilibrio sobre las manos ni una torsión compleja en la práctica física. La postura verdaderamente desafiante es la de mirarnos con amor y hablarnos con paciencia cuando sentimos que “no llegamos”.
En el yoga hablamos muchísimo de Ahimsa, que es el primer principio ético de esta filosofía y significa “no violencia”. Por lo general, lo entendemos y lo aplicamos rapidísimo hacia el exterior: no lastimar al prójimo, ser amables, enviar luz a alguien que lo necesita. Pero… ¿qué pasa cuando se trata de nosotros mismos? ¿Por qué resulta tan fácil ser compasivos para comprender a los demás y tan duros a la hora de juzgar nuestros propios procesos?
El mat como espejo de nuestra exigencia
Durante la práctica de yoga, este diálogo interno sale a la luz casi sin filtros. Imaginá que estás intentando armar una asana que te cuesta, perdés el equilibrio y te caés. En ese preciso instante de frustración, prestá atención: ¿qué te decís?
¿Aparece una voz automática que te dice “qué torpe soy, nunca me va a salir, no sirvo para esto”? ¿O lográs sonreír, soltar el peso y decirte “no pasa nada, lo vuelvo a intentar”?
El mat es un espejo gigante de cómo nos tratamos en la vida. Si forzamos el cuerpo para llegar a una postura desde el enojo, la competencia o la exigencia extrema, estamos yendo en contra de nuestra propia naturaleza. Estamos siendo violentos con nuestro propio templo.
La simetría de la vida: elegir el amor propio
Esa misma dinámica nos persigue en el día a día. Cuando cometemos un error, cuando nos gana el “exceso de futuro” y nos bloqueamos, enseguida aparece ese juez implacable. Sin embargo, si a un amigo le estuviera pasando exactamente lo mismo, jamás se nos ocurriría decirle las cosas terribles que a veces nos decimos en silencio. Al contrario, buscaríamos abrazar su vulnerabilidad y llenarlo de palabras de aliento.
En esos momentos donde la ola parece taparnos y las emociones se mezclan, el AMOR LO ES TODO. Y ese amor, esa frecuencia vibratoria que es la más alta que podemos emitir y que tiene el poder de sanarlo todo, tiene que empezar obligatoriamente en casa: en nuestro propio corazón.
Transformar la voz interna
La verdadera transformación no requiere que cambies tu cuerpo ni que alcances una perfección irreal, sino que aprendas a observarte y a aceptarte con todas tus luces y sombras. Cuando te des cuenta de que tu mente se puso rígida y te está maltratando, usá la herramienta más poderosa que tenés disponible: tu respiración.
Inhalá y frená ese piloto automático de la queja y el reproche. Exhalá y perdonate por no poder con todo hoy. No sos una máquina, estás vivo.
Un hermoso mantra para esos días donde la mente se pone exigente es: “Elijo tratarme con la misma dulzura y respeto con la que trato a quienes más amo.” Modificar la intensidad de nuestra autoexigencia no es conformismo ni debilidad; es, por el contrario, una de las muestras más inmensas de madurez y de valentía que podemos darnos.
Te invito a seguir explorando este camino de amor propio en mis clases de yoga en Torrent, un espacio donde cada respiración es una oportunidad para suavizar la mente, honrar tus ritmos y recordar que merecés tratarte con la misma ternura con la que acompañás a quienes amás. Si sentís que tu diálogo interno pide más calma, más presencia y más compasión, este puede ser un hermoso lugar para empezar a escucharte de verdad.